Fragmentos de palabras un poco balbuceantes. Una extraña justificación plantada allí, en el aire, como puede. Parecen las letras de un anónimo, distintas unas de otras, pegadas y después enviadas para pedir el rescate que debe pagarse.
Como la carta que te llega para un póquer ansiado, como el último rebote de la última bolsa de la ruleta que tal vez se pare en el número por el que has apostado... aparece.
Es un fuego escondido, una agradable llaga, un sabroso veneno, una dulce amargura, una delectable dolencia, un alegre tormento, una dulce y fiera herida, una blanda muerte.
Cuando las palabras no bastan. Porque dentro quema algo que no se puede decir. Que no se consigue decir por el miedo a fracasar, es algo imposible, jamás podrá ocurrir, sin embargo, te quedas con tus pensamientos amarrados a la cabecera de la cama. Si lo tienes delante, en lugar de darte la respuesta que querías, dice otra cosa. Dice más, dice demasiado. Ese demasiado que es nada, que no sirve para nada.